sábado, 5 de julio de 2014

El circo


Kiko, Paúl y Rene, eran mis vecinos de la esquina, vivían en una  especia de vecindad de buenas familias, limpias y decentes (al menos eso se decía entonces). Ahí no entrábamos fácilmente, había una portera que era como perro de seguridad, en cuanto ponías un pie dentro salía a vociferar que; ¡ ahí no se admitían niños! ... Así que siempre que iba a verlos gritaba a todo pulmón, ¡Kiikooooo! ,¡Kiikooooo!,  Él salía como bala disparada, creo que era el único amigo que tuve cuando era niño, por qué no me acuerdo mucho de otros... Él era el de en medio de sus hermanos, y era el líder, Paúl hacia lo que él decía y Rene que era el más pequeño secundaba lo que a Kiko se le ocurría. Como siempre en una de nuestras vacaciones escolares, no teníamos mucho que hacer. Y el ocio era latente en nuestras vidas, pero siempre fuimos muy fantasiosos y un día mientras Kiko me ayudaba a limpiar la pecera donde teníamos una tortuga que no sé como llego a mí. Se cayó sobre una tablita que a manera de catapulta hizo volar un buzo de plástico... Una imagen llegó a mí cabeza, plaza sésamo estaba en la televisión con una caricatura que enseñaba lo que era arriba y abajo, era un trapecista que caía  en una piscina, ¡era un circo!, ¡¡¡UN CIRCO!!! -dije yo – deberíamos de hacer un circo le dije a Kiko. Le brillaron los ojitos y dijo, ¡Si! Terminamos de limpiar la pecera y nos pusimos a pensar, no teníamos gran cosa, contábamos con una tortuga, un perico y mi talento. Habría que enseñarles algunos trucos a los animales, aprender actos de magia, ser payasos y trapecistas. Y teníamos que hacerlo en esa semana, pues el Circo tenía que abrir sus puertas...  ya. 

En un balde de agua, hicimos un trampolín por donde la tortuga caminaría y al caer al agua, haría saltar a los muñequitos de plástico que poníamos dentro, como si este fuera un espectáculo de grandes magnitudes, como un monstruo que atacaba a unos pobres bañistas. Para poderlo apreciar tal como lo concebíamos, tenían que acostarse boca abajo el público, para que a ese nivel vieran el balde y la caída y todo lo demás.

El perico, poniendo un señuelo, salía de su jaula par alcanzarlo, daría la vuelta a toda la jaula sin caerse y al final diría ¡Perico Burrrro!. Kiko y yo nos colgaríamos de una cuerda,  columpiándonos de un lado a otro y de extremo a extremo nos encontraríamos en el medio para ahí, justo ahí, darnos una luz de bengala, bueno... en realidad eran esas lucesitas que vendían en las navidades y que sacaban muchas chispas... pero era la idea... La bengala debía estar encendida, para hacer el acto más peligroso. Ensayamos casi una semana, todas las tardes, mientras mis hermanas me decían que me quitara del paso. Kiko y yo, parecíamos unos profesionales, lo más difícil era hacer que la tortuga se apresurara, a veces se emocionaba y caminaba rápido y caía, otras veces sólo se metía en su caparazón y no salía más. Y unas veces más, teníamos que empujarla, pero verla caer tirado en el piso, era como ver caer a Godzilla en el mar, el agua botaba hacia arriba, los muñequitos, saltaban y yo me emocionaba. Al perico no tenía que enseñarle mucho, bastaba con ponerle un elote fuera de la jaula y abrir su puerta, para que saliera rápido a comérselo, le daba la vuelta completa a la jaula, tomaba el elote, regresaba y decía  ¡Perico Burrrro!, Nos reíamos mucho Kiko y yo,  Rene el hermano menor haría de payaso junto con Paúl, yo les decía como y que tenían que hacer, sincronizaba los diálogos y los movimientos. Ensayábamos y ensayábamos. Me robe el maquillaje de avón que mis hermanas tenían para los payasos, recuerdo que eran como una tira de colores que parecían caramelos, se desprendía cada color y se ensamblaba con otro color.  

Todo estaba listo para estrenar, hicimos unos carteles, que en realidad eran hojas de block con mis dibujos, por supuesto, de las tortugas, el perico y los payasos,   anunciando nuestro espectáculo. Hacer estos dibujos me llevaba mucho tiempo, pues los coloreábamos con las acuarelas. Rene y Paúl se vistieron con ropa de su papá, que les quedaba grande y era la imagen justa para parecer payasos.  Kiko y yo usábamos pantalones cortos para nuestros números. Y así, el día del estreno,  salimos a la calle a gritar. ¡El Circo!, ¡El Circo esta aquí!, ¡pásele!, ¡pásele!, ¡sólo son 10 Centavos! Y tarareábamos  lo que nos parecía música de circo.   Los demás niños se fueron acercando, hasta las empleadas de mi mamá pagaron para ver la función,  teníamos como 10 personas y les pedimos que se acostaran el en piso, boca abajo. Todos nos hicieron caso, Doña Tere decía que ¿de dónde se me ocurrían tantas cosas? y comenzamos. Imitando la entrada musical de los circos que habíamos visto, comenzamos a cantar kiko y yo... Tata tarara ta ta tara  ta ta tarara ta ta ta tara ta ta Paúl Gritaba anunciando los números; ¡La tortuga gigante! -dijo- Caerá sobre el mar. El público incrédulo aplaudía y observaba como una simple tortuga se ponía en un minúsculo trampolín para luego caer... unos se sorprendían y otros no veían la grandiosidad del acto, -eran demasiado adultos- no se imaginaban a la tortuga gigante caer, así que nos abuchearon. Otros, simplemente sonreían creyendo haber viso lo que nosotros decíamos que se veía. La señora Trina, que era otra de las empleadas de mi mamá, reía a carcajada abierta, diciendo, -¡Ay pipis tú tan ocurrente!- Acto seguido, salieron Paúl y Rene a payasear con un número viejo que habíamos escuchado en la calle, el clásico, -Oye payaso, ¿Por qué tienes la cara pintada?- Y todo lo demás. Cuando nos toco a Kiko  y a mí, me entró lo que se dice "pánico escénico"... Encendimos las luces de bengala y comenzamos a columpiarnos, Kiko hacia girar la varita de bengala y se veían círculos de  luces que me distrajeron y cuando tuve que cruzar con él para que me la diera,  se me cayo. La gente aplaudió, no supe si esto les parecía que era algo bueno o lo hicieron como apoyo, pero me gusto, Kiko se reía y sus mejillas se ponían rojas de la emoción. Me baje a recoger la luz  e hice una reverencia y círculos con la luz;  me aplaudieron más.  Finalmente concluimos con el número del perico, este hizo reír a todos y más a mí, porque el perico en lugar de decir la frase acordada y ensayada, silbo una majadería y todo mundo se rió. La función fue un éxito,  todo se hizo dentro de la casa, en el patio que era muy grande, o al menos me lo parecía en ese entonces. Mis hermanas como siempre sólo observaban a distancia. Mí hermana Lety, tenía cierta complicidad conmigo, había cooperado con algo de dinero para la función. Todo mundo se levanto, las mujeres se sacudieron los delantales y se fueron cuchichiando entre ellas... mis amiguitos  reían mucho. 


La verdad a la distancia no recuerdo si dimos más funciones o no, creo que fue la única, pero lo que si recuerdo muy bien es que la disfrute muchísimo. Ese perico que creo que se llamaba Lorenzo, tenía otras frases en su repertorio que mi padre la había enseñado, finalmente al paso de los años, se murió de viejo. Decía mi papá que tenía como 25 años. Mi tortuga un buen día se salió de la tina donde la teníamos, y supongo que se metió al cuarto que algunas ves fue el cubil de mi hermano y que con los años se convirtió en el lugar de los triques, supongo que se metió ahí porque jamás la volví a ver. 

El Circo cerró sus puertas y quedó muchos años en mi memoria.  Kiko y yo seguimos inventando juegos, seguimos disfrutando de nuestra infancia,  aún, sin que nos diéramos cuenta de ello.

domingo, 1 de junio de 2014

Cuando tenía 8 años...

En una largas vacaciones de verano, que en aquel tiempo se decía sólo “vacaciones”. Como siempre no tenía nada que hacer, mis alternativas eran muy limitadas, podía ver televisión que entonces sólo era local, no había cable. El canal 5 con Rogelio Moreno, sobrino igual que yo del tío Gamboin, programaba horas de caricaturas y alguna que otra película infantil o podía salir a la calle a andar en bicicleta o en mis patines, intentar  jugar, descubrir la colonia montado en ruedas yendo  mas lejos cada vez. Quizás hacer algunos encargos para ganarme un dinero cuando era niño eso era muy apreciado, recuerdo a Cesar un niño que salió en pijama de su casa sólo porque vio que tenia un "Batimovil" de control remoto que nadie mas tenia: El y yo nos hicimos muy amigos, era mi álter ego, era fuerte decidido, rudo y me protegía. Con él salía a las 12 del día a recorrer las dos cuadras más cercanas a nuestra casa a preguntarles a las señoras que si querían que les compráramos las tortillas,  nos daban sus servilletas nos íbamos a comprarlas a la colonia Morelos, porque allá la tortillería tenia fama de muy buenas, y porque era tan lejos, que  para nosotros, nos parecía toda una travesía y una aventura. Cargábamos entre los dos una bolsa muy grande de yute  con los kilos de tortillas, apenas podíamos con la bolsa, a cambio nos daban una propina, que nos hacia sentir muy bien, mi mamá nunca se entero de esto o eso creía yo, seguro se habría enfadado. Esa era otra opción de mis vacaciones y la otra, eran juegos  producto de mis fantasías tan complicados,  que no tenían eco en nadie mas que en mí.

Recuerdo que un día mi padre me llevó al Museo de Arte Moderno, la construcción era muy adelantada para todo lo que yo veía, era modernista como entonces se decía. Estaba tan lejos,  allá por Chapultepec, que teníamos que caminar al metro y luego después de un larguísimo túnel y varias estaciones llegábamos a la estación que nos llevaba al Museo. Mi papá que lo sabía todo de todo, me dijo que era un museo muy importante. Tenía una exposición de arquitectura contemporánea futurista, vi maquetas de edificios y casas dentro de la tierra, en lo que sería la azotea, estaban los montes llenos de pasto y árboles, vi calzadas,  automóviles y personas en medio de esos montes llenos de verde con edificios en sus entrañas, me impresionó muchísimo, mí papá me decía que así viviríamos en el año 2000, que mí hermano estaba estudiando para ser arquitecto y construir casas como esas,... me impactó. Luego nos metimos a otra sala una obscura llena de pinturas, eso me gusto mucho más, había esculturas y muchísimos cuadros, pero vi una muy grande con dos señoras que estaban tomadas de las manos,  con el corazón por fuera desangrándose. Me hizo sentir que mi vida era muy pequeña y que ella debía sufrir mucho pues tenía unas pinzas deteniendo la sangre de una de sus  venas. Seguí caminando viendo pinturas, mi padre me hablaba de esta y de aquella, y yo lo escuchaba, me sentía en un lugar mágico lleno de cosas importantísimas,  me sentía observado por todos los cuadros, escuchando las explicaciones de unas jóvenes uniformadas, hablando  de todos y cada uno de los cuadros. Eran un lugar cálido y eso me gustó, me gustó que la gente hablaba en voz baja, que los niños no corrían,  que la gente leía y hablaba entre si frente a una pintura. Me sentí transportado a un mundo en el que yo me sentía muy bien.

Ese recuerdo me impacto muchísimo y en esas vacaciones haría un lugar para mí como el que vi en ese Museo. Así que mi última y mejor opción era; ¡Tener un Museo para mí!. Paso número uno; tenía que saber en que parte de mi casa podía hacerlo, por supuesto descubrí que en ningún lado. Mi madre tenía su  taller de costura en casa con sus empleadas, siempre había más gente que la misma familia, mis hermanas eran muchas 5  y si bien había cuartos para todos, no había uno para mí, el que estaba debajo de las escaleras, era el cubil de mi hermano mayor que estaba estudiando para hacer casas, sólo que él siempre estaba bien vestido y no como los señores que veía como construían casas por ahí, años después entendí la diferencia. Seguí buscando el lugar idóneo, y descubrí a la mitad de la cerrada donde vivía un camión lechero abandonado que tenía un gran espacio atrás. Se abría por ahí con dos puertas pesadas hacia fuera como las del museo. Sólo estaba sucio, pero se solucionaba con jabón y agua. Lo lavé y limpié a conciencia,  tenía que verse como el Museo de arte Moderno, era oscuro también,  pero algo de luz,  tenía que ponerlo igual o  mejor. Días después de que lo limpié, en las enciclopedias que mi papá compraba, vi que antes de esas pinturas que vimos, había muchas cosas más, estaban los griegos, los fenicios, los egipcios y los aztecas, pero antes, antes estaban los prehistóricos con sus pinturas y sus lanzas. Yo iba a contar esa historia en mi mueso y le haría como allá, un recorrido y les contaría cuadro por cuadro la historia. Así que con el dinero que ganaba haciendo mandados de las tortillas, fui con Doña Lupe una señora que no se cansaba de contarme lo buena alumna que era su hija, que teníamos la misma edad, pero era la dueña de la única papelería cerca que yo conocía y además ahí me dejaban ver una por una, todas las monografías que  tenían, y compré todas las que puede de las civilizaciones más importantes, de la era prehistórica, todo lo que me resultaba bello e importante. Había una de la mitología griega que me impresionaba muchísimo. Cuando regrese a casa, recorte  cada una de las ilustraciones y descubrí que eran muy pequeñas, las del mueso eran más grandes tenían que ser más grandes, pero no vendían de esas, así que me puse a dibujar todas y cada una de las ilustraciones que más me gustaban para ponerlas en un cartón como marcos. Recuerdo muy bien que dibuje a “Marte devorando a sus hijos”,  “El rapto de las meninas”, a “Hermes” y “Aquiles”, “El Caballo de Troya”,  “La Gioconda” y un retrato de “Napoleón Bonaparte en su caballo”. También hice en plastilina, las puntas de lanza talladas en piedra de los hombres de las cavernas. Vasijas, mascaras y dijes,  platos, y esculturas de torsos, cabezas, manos. En tarjetas escribí cada detalle de todas esta piezas y ya que tenía  todo, le pedí a Kiko un amigo de la esquina de mi casa que era el único al que mis juegos le parecían geniales, le pedí que me ayudara, que colgáramos en el camión las cosas,  que cobraríamos 10 centavos por entrar y que le daría la mitad. Se entusiasmo mucho y me ayudo. Cuando íbamos colgando las cosas le iba contando que era,  de que se trataba. Se le veían su ojitos muy risueños, era muy blanco y se le veían sus cachetes rojos de la emoción  y la risa. Tardamos un día entero en hacer todo esto, los niños de la cerrada estaban intrigados, pero no los dejábamos entrar, les decíamos que tenían que pagar mañana y que además al dejarlos ver les contaríamos que trataba cada dibujo. Yo estaba  muy contento, no me importo estar todo el día haciendo eso, Ya  había pasado varios días dibujando y modelando en plastilina todo, cuidándome que mis hermanas no me tiraran mis cosas a la basura pues decían que puras tonterías  se me ocurrían,  le implore a mi hermana Lety que me dejara meter mis plastilinas el congelador para que no se deshicieran, ella acepto, siempre me decía que si a todo. Así que un día más de trabajo no importaba. Esa noche dormí muy contento muy emocionado, al amanecer y enseguida que mi padre se fuera a trabajar iría a ver como se veía lo que hicimos Kiko y yo. Fue una noche muy larga y muy emocionante, tenía un Museo que les enseñaría a todos en la calle, estaba feliz, muy feliz.

Por la mañana, desayuné, me bañé y salí lo más rápido que pude, fui a tocarle a Kiko, él estaba listo también y como si fuera una función de circo comenzamos a gritar en la calle, ¡pásele, pásele! ¡El único Museo cerca de usted, podrá ver la historia de nuestros antepasados, podrá ver como Marte devoró a sus hijos, pásele! Los niños de la cerrada tenían mucha curiosidad y pagaron sus 10 centavos por subirse al camión. El espacio era el que un camión repartidor de leche necesitaba, quiero decir que nadie estaba de píe dentro, sólo los más pequeños, pero Kiko y yo estábamos de rodillas explicándoles todos los dibujos, algunas niñas se impresionaban con nuestras historias, y decían que eso no era cierto, que eran mentiras. Otras sólo se asombraban y veían. No recuerdo si fueron muchos visitantes o pocos, pero mi vago recuerdo me dice que fueron muchos niños, y los más grandes querían entrar pero no los dejamos, les dijimos que tenían que pagar pues eran obras de arte,  y que así era. Se reían y se burlaban, yo no los veía, les tenía miedo, no hablaba porque siempre se burlaban.

Ese fue un día largo y agotador, pero me sentía muy contento, no recuerdo cuanto dinero ganamos, pero si me acuerdo que compramos refrescos y Pingüinos para comer, Kiko saltaba de emoción y de gusto, quería que arregláramos el camión para ir a otras calles con el Museo. Cuando me metí a mi casa estaba feliz, sentía que todo fue como la visita que tuve con mi padre, pero mejor pues todo lo había hecho yo. Después de cenar con mis hermanos y mis papas, me fui a la cama a dormir cansado y emocionado, seguro se enterarían en las otras cerradas de la colonia, e irían a ver que era  eso de lo que tanto hablaban. Mañana irían a ver el Museo –pensaba emocionado-  tenía que levantarme temprano para limpiar y arreglar alguna pieza que se hubiese movido. Me quedé e dormido con todo eso en mi cabeza.

La mañana siguiente desperté muy temprano, desayuné con mi papá y me bañé, en cuanto él se fue me salía a buscar a Kiko a su casa, Pero al llegar a la mitad de la calle lo encontré al pie del camión sentado en el piso, con su cara impávida, me vio y se levanto, -fue “el pescado”-, gritaba, -fue él anoche oí sus risas en la calle por mi ventana, fue él... -Las puertas traseras del camión estaban abiertas. Mis dibujos estaban rotos en pedazos,  orinados, las plastilinas estaban llenas de tierra, aplastadas, deshechas, empalmadas unas con otras, lloré y ahora, en este momento,  lloro al recordarlo, me dolía desde la base del estomago hasta la quijada. No sabía porque algo tan bonito, podía terminar así. No los vi, pero en mi cabeza escuchaba y veía las imágenes de ellos al “pescado” y sus amigos destrozando mis cosas, destrozándome la emoción. No dije nada, Kiko seguía gritando, -¡vamos a pegarle, vamos a pegarle!-, decía. Vi a Kiko a los ojos estaba llorando también, no le dije nada, me di la vuelta y me fui, caminé hasta mi casa, llorando, mi hermana Lety preguntó qué me pasaba, le dije lo que vi, ella me abrazo y algo que no puedo recordar me dijo al oído. Me fui a mi cama, y seguí llorando por un largo rato que se prolongo toda la tarde, seguro que el llanto me agoto y me quede dormido.

Esas vacaciones pasaron muy lentas, no salí de mi casa, ya no hice mandados, ni descubría mas nada de la colonia. Estuve  modelando ballenas y delfines, hasta focas y sirenas en plastilina, llené el congelador del refrigerador. Lety no me decía nada por guardar mis cosas ahí, alguien debió tirarlas después, pues no recuerdo haberlas sacado. Veía la televisión todo el día, Rogelio Moreno y el Tío Gamboin, era mis amigos, leí “Alicia en el país de las maravillas” y me aterró, ese conejo me persiguió en mis sueños por muchos años. Así estuve solo y encerrado unas largas vacaciones,  esperando regresar a la escuela con la Srita.  Ma. Luisa la  bibliotecaria, para que me prestara otro libro pues ese no me había gustado, siempre hablábamos de lo que leía, en mis horas de recreo, estaba ahí, en la biblioteca con ella sus libros y mis fantasías.


Agosto de 1973

miércoles, 28 de mayo de 2014

Brujerías de mi infancia

La brujería, siempre es un tema que atrae a la gente... a veces escucho los relatos y me parece todo ficción. En mi familia, existen muchas anécdotas, Papá contaba una de la panadería que tenían recién casados, recuerdo que me helaba hasta los huesos su relato pues decían que de noche cuando trabajaban preparando la masa para el pan, podían sentir presencias junto a ellos en la mesa, escuchaban voces y veían sombras, el pan no se cocía se le dejaba el tiempo establecido y éste salía crudo  por lo tanto no se podía vender y siempre reportaban perdidas. Cuando mi abuela Félix sugirió hacer una limpia, ella misma se encargo de todo y de seguir  el rito con oraciones, al meter la mano al horno sin fuego y frío, salió una llamarada que como un látigo, marco el brazo de ella, mi papá decía que sólo vio una reacción de mi abuela y al preguntar que paso, ello sólo dijo –Nada hijo, estos que no se van a salir con la suya-. Por alguna razón y quizá por algo más fuerte que su entendimiento nada de esto resultó, ni las bendiciones de los sacerdotes católicos, ni las oraciones de los evangelistas. 


Un detalle particular de mi abuela, es que era  telequinética, contaban que cuando se enojaba, se estrellaban los vasos de la casa o cualquier vidrio cercano a ella sólo por su voz. Que movía objetos a voluntad y que sabía la razón por la que la visitabas o lo que te acongojara. Así ha habido otras historias en casa que mi padre contaba o mis hermanos, con respecto a mí abuela, Ma. Luisa contaba que cuando iba a nacer no se quien de mis hermanos, ella estaba en casa sola con los mas chicos, cuidándolos pues era la más grande, sintió miedo y de pronto, vio a mi abuela Félix que ya había muerto hace varios años atrás, sentada al pie de su cama. 

De lo que puedo contar como algo que yo vi y sentí, existen  dos que recuerdo como una película de ficción, uno de estas historias tardo varios años en desarrollarse y finalmente acabo en una tragedia que hasta en los periódicos salió y que a decir verdad fue el final de varios exorcismo y contacto con los muertos,  yo vi años atrás un exorcismo en donde mi tía presidía, mi madre contenía y mi hermana miraba  y yo detrás de la cortina que dividía la habitación escondido y paralizado por el miedo, veía con asombro y terror. Todo lo originó la muerte de uno de los hermanos de mi padre y la falta de resignación por parte de su esposa, duro meses y termino años después como una nota roja en el diario.

La otra historia,  fue ver como mi sobrino de pocos meses de edad,  después de un paseo por el patio que  le daba uno de mis cuñados, cuando lo llamaron a comer, dejo al niño en brazos de su mamá, para que pudiera sentarse a la mesa, mi hermana lo cargo y mi sobrino comenzó a llorar para que lo bajaran a caminar,  en el llanto incontenible, se privo al punto de dejar de respirar y parecer muerto. Mí madre gritaba y lo sacudía al mismo tiempo que lo metía en una helada pileta de agua para que reaccionará y volviera en si, gritaba y gritaba. También  gritaban los demás, mis hermanas y nosotros los niños que no entendíamos que estaba pasando y era impresionante ver a mi madre; una mujer fuerte y gorda zarandear empapado el cuerpo inerte de un niño que apenas aprendía a caminar.  Mí madre al fin se dio por vencida, resignada, sollozando y con mucha tristeza,  pensando que el niño estaba muerto por asfixia, le dio el cuerpo de mi sobrino a mi hermana y le dijo –lleva el niño con tu tía-. Sí, la misma del exorcismo. MI hermana salió corriendo de la casa con el niño en brazos, mi sobrino parecía un trapo sobre el antebrazo de ella, detrás salió mi hermana Blanca la madre del niño, las empleadas de la casa, mis hermanas, mi madre y nosotros, los niños, sólo teníamos que cruzar la calle, enfrente vivía mi tía Sara. Así que todos los de  la calle (vivíamos en una cerrada) se dieron cuenta que algo grave pasaba en casa, todos gritaban asustados y con dolor.  Cuando llego mi hermana con mi tía, ella lo tomó, lo desnudó, lo bañó en alcohol, y decía gritando mientras sobaba el cuerpo de mi sobrino, -¡espíritu de Osvaldo, espíritu de Osvaldo, regresa!- y más alcohol  y más oraciones, -¡espíritu de Osvaldo, espíritu de Osvaldo, regresa!- de pronto después de varios minutos, según dicen mis hermanas,  el niño lloró y volvió a la vida. Inmediatamente después lo llevaron al hospital. Le hicieron varios estudios, entre ellos un un electroencefalograma y nada, el niño era un niño sano y normal, esto se repitió semanas después y por la noche, sirvió para que los varones adultos de la casa creyeran lo que había pasado pues decían que eran cuentos de mujeres ociosas. Recuerdo que mí padre se tiró a la cama a llorar pues creían que mi bendito sobrino ahora si estaba muerto, de la misma forma mi tía lo trajo de nuevo al mundo, por supuesto en medio de la angustia y la sorpresa de los hechos.  

Pasaron los días y uno de tantos mi hermana caminaba con el niño en brazos, irían al mercado tal ves y un a mujer la observaba, Blanca se descontrolo y se intimidó con la mirada, la mujer se acerco a ella, y le dijo, -tienes un niño muy bonito, pero lo quieren ver muerto, te lo tienen embrujado-, la mujer sonrió y se fue.  Al otro día mi hermana, quiso ver a una curandera por recomendación de mi tía ésta, la curandera, le hizo una limpia y pudo ver que mi sobrino efectivamente estaba embrujado, que lo querían ver en medio de cuatros cirios,  muerto. Que la suegra, que era de todos sabido era una bruja,  ella había hecho el trabajo y recuerdo que además la pobre mujer tenia nombre de bruja pues se llamaba Brunilda, que en su afán de conservar a su vástago cerca, había embrujado al niño, para que ellos al morir la criatura se separaran. Pero no contaban con que en mi familia también le hacían al menjurje. Tiraron el canasto que había sido regalo de la Abuela paterna, pues debajo  y dentro del colchón habían encontrado yerbas y dijes.  Además con unos tesitos y las consabidas oraciones  de mi tía Sara, mi sobrino creció al margen de su Brunilda abuela y de las brujerías. Por supuesto nadie cree esto, pero créanlo o no, de verdad esto, es algo que yo vi y viví cuando era niño de 9 años.