domingo, 1 de junio de 2014

Cuando tenía 8 años...

En una largas vacaciones de verano, que en aquel tiempo se decía sólo “vacaciones”. Como siempre no tenía nada que hacer, mis alternativas eran muy limitadas, podía ver televisión que entonces sólo era local, no había cable. El canal 5 con Rogelio Moreno, sobrino igual que yo del tío Gamboin, programaba horas de caricaturas y alguna que otra película infantil o podía salir a la calle a andar en bicicleta o en mis patines, intentar  jugar, descubrir la colonia montado en ruedas yendo  mas lejos cada vez. Quizás hacer algunos encargos para ganarme un dinero cuando era niño eso era muy apreciado, recuerdo a Cesar un niño que salió en pijama de su casa sólo porque vio que tenia un "Batimovil" de control remoto que nadie mas tenia: El y yo nos hicimos muy amigos, era mi álter ego, era fuerte decidido, rudo y me protegía. Con él salía a las 12 del día a recorrer las dos cuadras más cercanas a nuestra casa a preguntarles a las señoras que si querían que les compráramos las tortillas,  nos daban sus servilletas nos íbamos a comprarlas a la colonia Morelos, porque allá la tortillería tenia fama de muy buenas, y porque era tan lejos, que  para nosotros, nos parecía toda una travesía y una aventura. Cargábamos entre los dos una bolsa muy grande de yute  con los kilos de tortillas, apenas podíamos con la bolsa, a cambio nos daban una propina, que nos hacia sentir muy bien, mi mamá nunca se entero de esto o eso creía yo, seguro se habría enfadado. Esa era otra opción de mis vacaciones y la otra, eran juegos  producto de mis fantasías tan complicados,  que no tenían eco en nadie mas que en mí.

Recuerdo que un día mi padre me llevó al Museo de Arte Moderno, la construcción era muy adelantada para todo lo que yo veía, era modernista como entonces se decía. Estaba tan lejos,  allá por Chapultepec, que teníamos que caminar al metro y luego después de un larguísimo túnel y varias estaciones llegábamos a la estación que nos llevaba al Museo. Mi papá que lo sabía todo de todo, me dijo que era un museo muy importante. Tenía una exposición de arquitectura contemporánea futurista, vi maquetas de edificios y casas dentro de la tierra, en lo que sería la azotea, estaban los montes llenos de pasto y árboles, vi calzadas,  automóviles y personas en medio de esos montes llenos de verde con edificios en sus entrañas, me impresionó muchísimo, mí papá me decía que así viviríamos en el año 2000, que mí hermano estaba estudiando para ser arquitecto y construir casas como esas,... me impactó. Luego nos metimos a otra sala una obscura llena de pinturas, eso me gusto mucho más, había esculturas y muchísimos cuadros, pero vi una muy grande con dos señoras que estaban tomadas de las manos,  con el corazón por fuera desangrándose. Me hizo sentir que mi vida era muy pequeña y que ella debía sufrir mucho pues tenía unas pinzas deteniendo la sangre de una de sus  venas. Seguí caminando viendo pinturas, mi padre me hablaba de esta y de aquella, y yo lo escuchaba, me sentía en un lugar mágico lleno de cosas importantísimas,  me sentía observado por todos los cuadros, escuchando las explicaciones de unas jóvenes uniformadas, hablando  de todos y cada uno de los cuadros. Eran un lugar cálido y eso me gustó, me gustó que la gente hablaba en voz baja, que los niños no corrían,  que la gente leía y hablaba entre si frente a una pintura. Me sentí transportado a un mundo en el que yo me sentía muy bien.

Ese recuerdo me impacto muchísimo y en esas vacaciones haría un lugar para mí como el que vi en ese Museo. Así que mi última y mejor opción era; ¡Tener un Museo para mí!. Paso número uno; tenía que saber en que parte de mi casa podía hacerlo, por supuesto descubrí que en ningún lado. Mi madre tenía su  taller de costura en casa con sus empleadas, siempre había más gente que la misma familia, mis hermanas eran muchas 5  y si bien había cuartos para todos, no había uno para mí, el que estaba debajo de las escaleras, era el cubil de mi hermano mayor que estaba estudiando para hacer casas, sólo que él siempre estaba bien vestido y no como los señores que veía como construían casas por ahí, años después entendí la diferencia. Seguí buscando el lugar idóneo, y descubrí a la mitad de la cerrada donde vivía un camión lechero abandonado que tenía un gran espacio atrás. Se abría por ahí con dos puertas pesadas hacia fuera como las del museo. Sólo estaba sucio, pero se solucionaba con jabón y agua. Lo lavé y limpié a conciencia,  tenía que verse como el Museo de arte Moderno, era oscuro también,  pero algo de luz,  tenía que ponerlo igual o  mejor. Días después de que lo limpié, en las enciclopedias que mi papá compraba, vi que antes de esas pinturas que vimos, había muchas cosas más, estaban los griegos, los fenicios, los egipcios y los aztecas, pero antes, antes estaban los prehistóricos con sus pinturas y sus lanzas. Yo iba a contar esa historia en mi mueso y le haría como allá, un recorrido y les contaría cuadro por cuadro la historia. Así que con el dinero que ganaba haciendo mandados de las tortillas, fui con Doña Lupe una señora que no se cansaba de contarme lo buena alumna que era su hija, que teníamos la misma edad, pero era la dueña de la única papelería cerca que yo conocía y además ahí me dejaban ver una por una, todas las monografías que  tenían, y compré todas las que puede de las civilizaciones más importantes, de la era prehistórica, todo lo que me resultaba bello e importante. Había una de la mitología griega que me impresionaba muchísimo. Cuando regrese a casa, recorte  cada una de las ilustraciones y descubrí que eran muy pequeñas, las del mueso eran más grandes tenían que ser más grandes, pero no vendían de esas, así que me puse a dibujar todas y cada una de las ilustraciones que más me gustaban para ponerlas en un cartón como marcos. Recuerdo muy bien que dibuje a “Marte devorando a sus hijos”,  “El rapto de las meninas”, a “Hermes” y “Aquiles”, “El Caballo de Troya”,  “La Gioconda” y un retrato de “Napoleón Bonaparte en su caballo”. También hice en plastilina, las puntas de lanza talladas en piedra de los hombres de las cavernas. Vasijas, mascaras y dijes,  platos, y esculturas de torsos, cabezas, manos. En tarjetas escribí cada detalle de todas esta piezas y ya que tenía  todo, le pedí a Kiko un amigo de la esquina de mi casa que era el único al que mis juegos le parecían geniales, le pedí que me ayudara, que colgáramos en el camión las cosas,  que cobraríamos 10 centavos por entrar y que le daría la mitad. Se entusiasmo mucho y me ayudo. Cuando íbamos colgando las cosas le iba contando que era,  de que se trataba. Se le veían su ojitos muy risueños, era muy blanco y se le veían sus cachetes rojos de la emoción  y la risa. Tardamos un día entero en hacer todo esto, los niños de la cerrada estaban intrigados, pero no los dejábamos entrar, les decíamos que tenían que pagar mañana y que además al dejarlos ver les contaríamos que trataba cada dibujo. Yo estaba  muy contento, no me importo estar todo el día haciendo eso, Ya  había pasado varios días dibujando y modelando en plastilina todo, cuidándome que mis hermanas no me tiraran mis cosas a la basura pues decían que puras tonterías  se me ocurrían,  le implore a mi hermana Lety que me dejara meter mis plastilinas el congelador para que no se deshicieran, ella acepto, siempre me decía que si a todo. Así que un día más de trabajo no importaba. Esa noche dormí muy contento muy emocionado, al amanecer y enseguida que mi padre se fuera a trabajar iría a ver como se veía lo que hicimos Kiko y yo. Fue una noche muy larga y muy emocionante, tenía un Museo que les enseñaría a todos en la calle, estaba feliz, muy feliz.

Por la mañana, desayuné, me bañé y salí lo más rápido que pude, fui a tocarle a Kiko, él estaba listo también y como si fuera una función de circo comenzamos a gritar en la calle, ¡pásele, pásele! ¡El único Museo cerca de usted, podrá ver la historia de nuestros antepasados, podrá ver como Marte devoró a sus hijos, pásele! Los niños de la cerrada tenían mucha curiosidad y pagaron sus 10 centavos por subirse al camión. El espacio era el que un camión repartidor de leche necesitaba, quiero decir que nadie estaba de píe dentro, sólo los más pequeños, pero Kiko y yo estábamos de rodillas explicándoles todos los dibujos, algunas niñas se impresionaban con nuestras historias, y decían que eso no era cierto, que eran mentiras. Otras sólo se asombraban y veían. No recuerdo si fueron muchos visitantes o pocos, pero mi vago recuerdo me dice que fueron muchos niños, y los más grandes querían entrar pero no los dejamos, les dijimos que tenían que pagar pues eran obras de arte,  y que así era. Se reían y se burlaban, yo no los veía, les tenía miedo, no hablaba porque siempre se burlaban.

Ese fue un día largo y agotador, pero me sentía muy contento, no recuerdo cuanto dinero ganamos, pero si me acuerdo que compramos refrescos y Pingüinos para comer, Kiko saltaba de emoción y de gusto, quería que arregláramos el camión para ir a otras calles con el Museo. Cuando me metí a mi casa estaba feliz, sentía que todo fue como la visita que tuve con mi padre, pero mejor pues todo lo había hecho yo. Después de cenar con mis hermanos y mis papas, me fui a la cama a dormir cansado y emocionado, seguro se enterarían en las otras cerradas de la colonia, e irían a ver que era  eso de lo que tanto hablaban. Mañana irían a ver el Museo –pensaba emocionado-  tenía que levantarme temprano para limpiar y arreglar alguna pieza que se hubiese movido. Me quedé e dormido con todo eso en mi cabeza.

La mañana siguiente desperté muy temprano, desayuné con mi papá y me bañé, en cuanto él se fue me salía a buscar a Kiko a su casa, Pero al llegar a la mitad de la calle lo encontré al pie del camión sentado en el piso, con su cara impávida, me vio y se levanto, -fue “el pescado”-, gritaba, -fue él anoche oí sus risas en la calle por mi ventana, fue él... -Las puertas traseras del camión estaban abiertas. Mis dibujos estaban rotos en pedazos,  orinados, las plastilinas estaban llenas de tierra, aplastadas, deshechas, empalmadas unas con otras, lloré y ahora, en este momento,  lloro al recordarlo, me dolía desde la base del estomago hasta la quijada. No sabía porque algo tan bonito, podía terminar así. No los vi, pero en mi cabeza escuchaba y veía las imágenes de ellos al “pescado” y sus amigos destrozando mis cosas, destrozándome la emoción. No dije nada, Kiko seguía gritando, -¡vamos a pegarle, vamos a pegarle!-, decía. Vi a Kiko a los ojos estaba llorando también, no le dije nada, me di la vuelta y me fui, caminé hasta mi casa, llorando, mi hermana Lety preguntó qué me pasaba, le dije lo que vi, ella me abrazo y algo que no puedo recordar me dijo al oído. Me fui a mi cama, y seguí llorando por un largo rato que se prolongo toda la tarde, seguro que el llanto me agoto y me quede dormido.

Esas vacaciones pasaron muy lentas, no salí de mi casa, ya no hice mandados, ni descubría mas nada de la colonia. Estuve  modelando ballenas y delfines, hasta focas y sirenas en plastilina, llené el congelador del refrigerador. Lety no me decía nada por guardar mis cosas ahí, alguien debió tirarlas después, pues no recuerdo haberlas sacado. Veía la televisión todo el día, Rogelio Moreno y el Tío Gamboin, era mis amigos, leí “Alicia en el país de las maravillas” y me aterró, ese conejo me persiguió en mis sueños por muchos años. Así estuve solo y encerrado unas largas vacaciones,  esperando regresar a la escuela con la Srita.  Ma. Luisa la  bibliotecaria, para que me prestara otro libro pues ese no me había gustado, siempre hablábamos de lo que leía, en mis horas de recreo, estaba ahí, en la biblioteca con ella sus libros y mis fantasías.


Agosto de 1973